La creciente preferencia por alcanzar los altos estándares de calidad que caracteriza al mercado actual ha alcanzado también a la industria editorial, lo que se manifiesta en las frecuentes demandas que sobre el uso correcto del lenguaje hace el público a los que laboran en el mundo editorial.
Aunque esta exigencia puede caer en exageraciones, no se le debe minimizar, pues el trabajo de las industrias editoriales tiene repercusiones en la gente, porque su labor tiene una dimensión divulgadora y hasta educadora.
Es por eso que el concepto de la corrección idiomática se vuelve importante para quienes desarrollan un proyecto editorial. Esto ha llevado a los usuarios a pugnar por la defensa de lo que se considera el “buen decir”, lo que a algunos ha llevado a caer en extremismos.
Entre los supuestos errores más comunes en los que caemos los hablantes destacan los siguientes, que menciona Silvia Peña Alfaro: el uso del copretérito en vez del presente, el uso de arcaísmos o palabras empleadas en el pasado. Estos y muchos otros casos, aunque pudiera parecer que, en efecto son erróneos (como cambiar la expresión vaso de agua por vaso con agua) no demuestran más que el desconocimiento de muchas personas de cuestiones fundamentales del idioma.
En ese sentido, la autora señala que el rechazo hacia algunas palabras o frases que no cumplen con las normas de gramática es infundado puesto que si una palabra se entiende, entonces es buena.
Otro ejemplo de ultracorrección es el rechazo al uso los anglicismos, asunto en el que también intervienen cuestiones nacionalistas, bajo el argumento de que son una traición a la soberanía nacional. Lo que es cierto es que, aunque algunos hacen uso de ellos en un afán por imitar costumbres extranjeras, cada día son más indispensables porque la comunicación requiere de ellos como tecnicismos.
Peña Alfaro sugiere que la única forma de evitar no caer en el mal uso de la lengua o en el extremo de la ultracorrección es no permitir que instituciones o diccionarios establezcan formas de cómo es que se debe usar, sino que sean sólo registros de las prácticas que lleva a cabo la gente en distintos lugares y épocas.
Y para finalizar, menciona que sólo el capital intelectual puede ser una herramienta que ayude a cada persona a saber qué es lo correcto y qué no lo es. En cuanto a la industria editorial comenta que la invitación es la misma para quienes se desenvuelven en ella y a esto le suma el gusto por la literatura como fuente, no sólo de placer estético, sino de crecimiento intelectual.
Aunque esta exigencia puede caer en exageraciones, no se le debe minimizar, pues el trabajo de las industrias editoriales tiene repercusiones en la gente, porque su labor tiene una dimensión divulgadora y hasta educadora.
Es por eso que el concepto de la corrección idiomática se vuelve importante para quienes desarrollan un proyecto editorial. Esto ha llevado a los usuarios a pugnar por la defensa de lo que se considera el “buen decir”, lo que a algunos ha llevado a caer en extremismos.
Entre los supuestos errores más comunes en los que caemos los hablantes destacan los siguientes, que menciona Silvia Peña Alfaro: el uso del copretérito en vez del presente, el uso de arcaísmos o palabras empleadas en el pasado. Estos y muchos otros casos, aunque pudiera parecer que, en efecto son erróneos (como cambiar la expresión vaso de agua por vaso con agua) no demuestran más que el desconocimiento de muchas personas de cuestiones fundamentales del idioma.
En ese sentido, la autora señala que el rechazo hacia algunas palabras o frases que no cumplen con las normas de gramática es infundado puesto que si una palabra se entiende, entonces es buena.
Otro ejemplo de ultracorrección es el rechazo al uso los anglicismos, asunto en el que también intervienen cuestiones nacionalistas, bajo el argumento de que son una traición a la soberanía nacional. Lo que es cierto es que, aunque algunos hacen uso de ellos en un afán por imitar costumbres extranjeras, cada día son más indispensables porque la comunicación requiere de ellos como tecnicismos.
Peña Alfaro sugiere que la única forma de evitar no caer en el mal uso de la lengua o en el extremo de la ultracorrección es no permitir que instituciones o diccionarios establezcan formas de cómo es que se debe usar, sino que sean sólo registros de las prácticas que lleva a cabo la gente en distintos lugares y épocas.
Y para finalizar, menciona que sólo el capital intelectual puede ser una herramienta que ayude a cada persona a saber qué es lo correcto y qué no lo es. En cuanto a la industria editorial comenta que la invitación es la misma para quienes se desenvuelven en ella y a esto le suma el gusto por la literatura como fuente, no sólo de placer estético, sino de crecimiento intelectual.
Silvia Peña-Alfaro, “De la corrección a la ultracorrección”, en: Libros de México, núm. 51, p.21-25.

